Hemos vuelto. Después de una etapa de oscuro silencio, regresamos con más fuerza que antes. Todo sirve para crecer.
He de reconocer que estuve muy irritada después del despido, más o menos procedente, y de las circunstancias que lo antecedieron. Realmente, más por ésto último que por invitarme cordialmente a abandonar la empresa.
Soy una persona que no soporta la ira y a quien le repugna el rencor. Considero que el rencor, de hecho, al final perjudica más a quien lo siente que a quien va dirigido. Se acumula en algún rincón del cuerpo y acaba enquistándose y formando un grumo insidioso que impide circular otras emociones más agradables. También es cierto que soy humana, con todo lo que ello conlleva, para bien y para mal. Así que he estado debatiéndome durante esta temporada entre el enfado y el deseo de disipar ese enfado.
Lo peor era no entender. Si sé por qué actúa la gente, independientemente de que esté o no de acuerdo, puedo dejarlo estar, aplicar el perdón como un linimento y pasar página. No comprender los motivos por los que se actúa con maldad es algo que ofusca. Porque sigo creyendo, con gran ingenuidad, que la gente no es en esencia mala, no existe la perversidad pura igual que no existe la bondad pura. Creo en el egoísmo y me parece normal y lógico que la gente actúe en su propio beneficio para alcanzar la felicidad. Pero la destrucción de otras almas por el placer de ver cómo se encogen hasta desaparecer, eso no lo concibo.
Así que estuve devanándome los sesos tratando de explicar las razones que a Roser Torlà Herrán le llevaron a hacer la vida imposible tanto a una compañera como a mí. Más aún cuando siempre consideré que era una buena persona. Pija, sí; algo tontita, sí. Egoísta, por supuesto. Pero buena, al fin y al cabo. Desconocía ese poso de crueldad que determinadas personas tienen y son capaces de esgrimir como arma contra quienes estorban su camino.
Ella consiguió que perdiera la sonrisa. Peor aún, consiguió que perdiera la fe en el mundo, la esperanza que siempre permanece como una luminaria en el fondo del ser. Hizo (y me ha costado mucho, muchísimo perdonar eso) que dudase de mi cordura. Porque, igual que en la película de "Luz de gas" (increíble Ingrid Bergman), ella conseguía cambiar las frases o los objetos para que pareciese que era mi cabeza la que no se hallaba en su sitio. Te lo inventas, decía. Son cosas tuyas. Eso no es verdad.
La Verdad, en mayúsculas, no existe, no hay una verdad única e irrefutable que nos guíe. Todo pasa por el filtro de nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestras percepciones. Pero hay hechos, no obstante, que pueden componer un puzle aproximado. Trabajar como teleoperadora y no disponer de teléfono, ordenador, silla ni mesa donde poder hacer algo es un hecho. Las contestaciones desabridas y la flagrante forma de ignorar mis palabras es otro hecho. Pruebas que alguien más inteligente o con más fuerza que yo pudo recoger para denunciar a este ser humano por mobbing. Olé.
Yo me quedé en el camino. El desgaste emocional que me produjo fue mayor del que imaginaba. Sobre todo por no entender. He pasado noches en vela preguntándome por qué. Tratando de hallar algo más profundo en un alma que carece, precisamente, de profundidad. Me costó mucho tiempo dilucidar que ella no es más que una mujer simple y superficial. Su mayor deseo es que los que la rodean le rindan homenaje constante; en el trabajo, tenía voz aquel que le decía lo guapa que estaba, lo divertida que era y le reía las gracias (más simples aún que ella). El problema aquí fue que no supe ver que no había nada más detrás. Le di un relieve y unos contornos a una piedra lisa y sin encanto. Una vez asumido esto, pude seguir adelante.
Desde aquí, y aunque ella no pueda leerlo porque no tengo su correo ni su dirección postal ni su teléfono, doy mi apoyo incondicional a Pilar, que tuvo el coraje de llevar a juicio (y amargar su plana existencia) a la señora Roser. De nuevo olé. Espero que algún día sepa que puede contar conmigo. Si el juicio aún no se ha celebrado, me pueden llamar como testigo, ya que estuve presente en los momentos en los que la ninguneaba como a un deshecho.
Y es que esta buena mujer, la tal Roser, desprecia a todos los que tienen opinión y hacen las cosas a su ritmo.
Le hicieron mucho daño a Pilar. Víctimas colaterales de una persona que no sabe quererse y necesita que los demás la alaben como a una diosa. Pero no somos dioses. Sólo somos gente de paso.
Una vez resuelto en mi interior esto, pude soltar el rencor, la ira y el temor que me produjo. Y, aunque las pesadillas me persiguen, como la sombra que me recuerda que el sol brilla al otro lado, ya no es ella la que las protagoniza. Puedo, por fin, pasar página. Qué necesario era para mí y para los que me rodean (sobre todo para Ramón, que vio cómo me opacaba y extraviaba el brillo de mis ojos hasta que no había más que abismo en ellos).
Desde aquí os doy las gracias a quienes me habéis sufrido y me habéis levantado. Gracias a Rafa y a Javi, por las sonrisas que arrancasteis de mis labios y por la paciencia de mis gestos mohínos. Gracias a Sara Elorza por ser la presencia vital que me da alas cuando la veo, con sus luces y sus sombras que hacen de su ser algo magnífico. Gracias a Katia por su incombustible energía, por su sabiduría electrizante y su gracia innata, un torbellino que desmonta tu mundo para que crees otro más sano. Gracias a Juan Pedro, por ser simplemente una de las mejores personas de este mundo, sincero, llano, directo y amoroso. Alguien a quien siempre me apetece abrazar y que tiene luz en sus hermosos ojos claros. Gracias a los que, en la distancia, han sabido dar rienda suelta a mis tribulaciones, porque saben que nada más que la soledad y el silencio pueden curarme cuando estoy herida, y lo respetan. A Virgilio, que está presente en mi vida a pesar de los kilómetros que nos separan y a quien quiero con todas mis fuerzas por ser inquieto e inteligente, parco en consejos, ya que conoce la importancia de éstos, y siempre dispuesto para ayudar y conversar. A Lorena, por su tierna alegría y por ser tan pizpireta. A mi madre, por el apoyo silencioso y perpetuo que me invita a seguir.A Irene, por ser mi hermana adoptiva y a quien quiero como a tal, siempre. A Laura (lapetitona) porque cuando recordaba su sonrisa melancólica y sus palabras honestas me apetecía continuar adelante. A María Ángeles por su locura y por la fuerza que se necesita para seguir con esa locura en los tiempos tan falsamente serenos que vivimos. A Sofi, mi niña Sofi, la sevillana más hermosa del mundo, porque tiene un corazón que no le cabe en el pecho y un gracejo que siempre te hace tintinear como una campanilla.
Y a Ramón, estrella polar de mi vida, ese faro siempre alerta, callado y firme, que me abraza cuando llego a puerto, dispuesto a cobijarme, y me respeta cuando me alejo por las procelosas aguas de mis turbulentas emociones, contemplando desde la barrera cómo lucho contra ellas y aguardando con paciencia a que regrese y abra las puertas de mi templo y le cuente mis secretos, mientras despliego un cuadro de colores otra vez nuevo y vibrante para él.
Como decía al principio, hemos vuelto.
-----
De todos los animales de la creación el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir.
John Steinbeck
Comprender es el principio de aprobar.
Spinoza
La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse.
Jonathan Swift
Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó,
que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer.
Jonathan Swift
jueves, 24 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario